3 Efectivas Técnicas para Evitar las Compras por Impulso

compras por impulso

Las compras por impulso han existido siempre. Además, la pandemia nos ha empujado a cambiar nuestros hábitos de consumo: con tiendas cerradas o restricciones para desplazarnos, las compras por internet se han disparado. Es un gran recurso incluso para las personas que rara vez optaban por este medio.

Una conversación habitual con amigos y compañeros durante el Covid ha sido que entre los confinamientos y la incertidumbre, las compras digitales ofrecían también una vía de escape. Es tan cómodo y rápido, que es fácil sucumbir a la tentación de comprar más de la cuenta. Click, click. Gratificación instantánea.

Y así, una noche cualquiera pasé dos horas y media buceando en una tienda virtual por aburrimiento, sección por sección. Finalmente, eché al carrito varios artículos de los que me arrepentí al día siguiente de haber comprado.

Más que el valor o la utilidad de la compra online, me fastidiaba el hecho de haber perdido tanto tiempo en algo tan insustancial.

Tuve que frenar en seco.

Mi primera corrección fue poner distancia. Tras hacer una «dieta» de tiendas físicas y  online durante dos meses, ahora estoy aplicando varias técnicas para evitar las compras por impulso que me dan resultado y quería compartir con vosotros.

1. Posponer la compra.

El método consiste en retrasar esa compra de capricho hasta el día siguiente al menos. De esta forma, doy espacio para dejar pasar el estímulo y tomar una decisión más racional. Si pasado un tiempo prudencial todavía quiero ese objeto, lo compro.

Pero sorprendentemente, otras veces ni vuelvo a acordarme de eso que tanto quería.

Muchos de nuestros impulsos y excesos – y esto no se se limita a las compras – tienen origen en alguna carencia básica no satisfecha.

Por tanto, la siguiente técnica es:

2. Preguntarme cuáles son mis motivaciones reales para desear esa compra.

Ya sabemos que la gran mayoría de nuestras compras de productos no básicos, no nos hacen falta. Y aún así, los deseamos y los adquirimos igualmente.

Los impulsos consumistas responden a necesidades psicológicas más allá de la mera compra en sí. Al igual que no deberíamos ir al supermercado con hambre, ocurre algo parecido con sentimientos más difíciles de detectar.

La pregunta: ¿realmente necesito esto? no me funciona. No, claro que no lo necesito, ¡pero lo quiero!

Ahora, cuando siento la urgencia de comprar algo porque sí, me detengo un momento a chequear mi estado emocional.

  • Aceptación social: ¿estoy buscando aprobación externa? ¿quiero sentirme mejor conmigo misma? ¿o tal vez incomprendida? Muchas veces el compararnos con otros nos hace sentir inadecuados. Queremos esa ropa o gadget para integrarnos más en un determinado entorno o grupo. ¿Cuánto dinero gastamos en agradar a los demás o sentirnos aceptados?
  • Ansiedad y/o estrés: ¿he tenido un mal día? ¿estoy hasta arriba de trabajo? ¿agobiada en casa? ¿siento que tengo demasiadas cosas entre manos? En mi opinión, la ansiedad y estrés son las mejores aliadas de las compras por impulso. Si estoy estresada, mejor desconecto dándome un paseo o un baño caliente.
  • Aburrimiento: ¿no sé qué hacer y me voy a dar una vuelta al centro comercial? ¿pienso que mi vida es monótona y busco algo diferente? entonces me busco otras distracciones que me aporten algo más.
  • Negatividad: ¿estoy eludiendo un problema, o posponiendo una tarea? ¿quizás me siento sola o triste? ¿estoy enfadada y necesito desahogarme? En el fondo, sé que comprar esto o aquello no me va a dar ninguna solución, sólo lo va a tapar temporalmente.

Una de las herramientas más poderosas que he encontrado es el hacerme consciente de lo que pasa por mi cabeza. Esto requiere práctica y no siempre me funciona, pero vale la pena intentarlo. Si detecto esas emociones subyacientes, al menos puedo actuar al respecto y dar un volantazo en otra dirección.

3. Ley del uno entra, uno sale.

Por último, si a pesar de todo paso por caja, otra cosa tiene que salir de casa (de la misma categoría preferiblemente). Porque no es lo mismo comprar un utensilio de cocina para reemplazar otro que se ha desgastado, que traerme un jersey extra que no necesito. Si hago esto último, tengo que jubilar alguna prenda de mi armario.

¿Por qué es eficiente? porque me lo pienso dos veces antes de comprar. No siempre estoy dispuesta a deshacerme de algo que ya tengo.

Este sistema me resulta además útil para mantener a raya la acumulación en casa.

 

Con todo esto, no quiero decir que comprar sea algo malo en sí mismo.  El problema viene cuando compramos demasiado, aunque esté dentro de nuestras posibilidaddes económicas. Y este «demasiado» lo tiene que considerar cada uno.

Cuéntame en los comentarios si tú también tienes algún sistema personal para prevenir las compras por impulso.

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