meditación

El otro día realicé un ejercicio de meditación sobre gratitud, de Headspace (disponible en Netflix) llamado «meditación reflexiva». La práctica habitual de meditación se centra en la respiración, y en no reprimir ni juzgar los pensamientos que te vengan a la cabeza. Cuando los detectas, los etiquetas como «pensamiento» y lo dejas marchar, volviendo a poner la atención a tu respiración.

En este caso, se trataba de lanzar una pregunta intencionada, y ver qué respuesta y emociones salían a la superficie.

La pregunta en cuestión era: en el día de hoy, ¿a qué o a quien estás más agradecido en tu vida? El ejercicio consistía en no «pensar» o «intelectualizar» una respuesta, sino que saliese dentro de ti, cualquiera que fuese, sin juzgar ni plantearte si es la respuesta adecuada. No hay reacción correcta o equivocada, ni puedes hacerlo bien ni mal. Tal vez no haya respuesta tampoco, y eso también era válido.

Andy Puddicombe, el exmonje budista que guía la meditación, contaba que tuvo un alumno que al final del ejercicio quiso compartir su experiencia. Algo azorado, le confesó: «me siento muy afortunado en mi vida, tengo mi propio negocio, dinero, salud y una familia maravillosa; sin embargo, lo que me ha venido a la mente como algo sincero, es mi taza de café a primera hora de la mañana».

El hombre estaba tan estresado y sobrecargado, que prepararse su café por la mañana y tomárselo en quietud era su único momento de paz. Y por ello, eso era a lo que estaba «inconscientemente» más agradecido a día de hoy.

La pregunta parece fácil de responder, pero tiene su trampa; una cosa es lo que tu mente racional piensa, y otra muy diferente la que sale dentro de ti, la que sientes. Al no estar aún acostumbrada a la meditación o plantearme ni siquiera estas preguntas, empecé el ejercicio escéptica, pensando qué podría responder yo a tal pregunta. «Pensando», y eso ya te condiciona.

Lo que surgió después me dejó pasmada: me dije, a día de hoy, a qué o quién estoy más agradecida en mi vida es a mí. Toma ya. Sí, a mí, por el esfuerzo que estoy haciendo para progresar, aceptarme como soy , por la transformación que lenta, y espero que segura, estoy atravesando para ofrecer una versión mejorada de mí misma. Por supuesto, estas mismas palabras no se me ocurrieron en los 10 minutos que duró la meditación. Fue más bien una emoción, una expresión de gratitud que ahora comprendo mejor y pongo en palabras.

Creo que es la primera vez en mi vida que me he dado las gracias sinceramente, que me he apreciado y valorado así.

Gracias, me dije en voz alta.

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