Qué Día tan Bonito. La Magia de los Niños

La magia de los niños

Qué día tan bonito

Ya es tarde para responder a la pregunta «¿qué quieres ser de mayor?» pero si me volviesen a preguntar, contestaría que quiero ser como mi hija. Feliz y despreocupada, una maestra zen en su corta vida de tres años. Yo también quiero esa magia de los niños.

Todos los días cuando se despierta, descorre las tupidas cortinas de su ventana para comprobar si ya es de día. Después de mirar al cielo y a su alrededor, me dice «mira mami, qué día tan bonito». Y eso resume su filosofía, la de mirar con ojos nuevos y curiosos cada vez, un papel en blanco para llenar de aventuras, sorpresas y aprender algo diferente.

Cualquier día es bonito para ella, algunos preciosos si son soleados, pero todos merecedores de su aprecio. Cuando está lluvioso (algo muy recurrente) y comento «qué pena, vaya día tan feo hace», ella me mira con ojos extrañados y dice «pero mami, la lluvia también me gusta, también es bonita». Al preguntarle qué le gusta de un día lluvioso, piensa unos segundos y me dice «pues mojarme, saltar en los charcos, buscar caracoles»

Y en esas sencillas palabras, me da una lección de vida: que todos los días son válidos, son bonitos a su manera

Siempre hay oportunidades para hacer algo interesante, si lo miras con la perspectiva correcta.

¿Y dónde reside la magia de los niños?

Sencillamente en que viven en el momento, sin importarles lo que hicieron ayer o harán al día siguiente. Son pura alegría y contención por el mero hecho de existir. Los adultos hace tanto tiempo que dejamos atrás a nuestro niño interno que apenas asoma a la superficie y cuando lo hace, ya no lo reconocemos. O peor, lo reprimimos. Cuando tienes un hijo, al menos te recuerda que tú también fuiste un niño en un mundo ya muy lejano.

Los adultos tenemos mucho que aprender de los más pequeños, normalmente a través de su naturalidad y candidez, como seres sin corromper que son.

Observando a mi hija un día cualquiera como hoy en casa, estas son algunas de las actividades que le han puesto contenta:

  • Bailar y cantar
  • Correr desnuda por la casa mientras ríe frenéticamente
  • Disfrazarse de pirata poniéndose un pantalón negro en la cabeza a modo de peluca, y calcetines como guantes.
  • Pintarse las manos con rotuladores de colores, y estampar sellos en nuestras manos
  • Saltar en la cama
  • Ponerse su vestido de verano preferido en casa, en pleno invierno
  • Hacer figuras con un chicle rosa…
  • Hablar con su abuela por videoconferencia
  • Jugar a cosas simples y divertidas con nosotros
  • Saltar en los charcos
  • Reír, mucho, porque sí.

Sacar nuestro niño al exterior

La pregunta es: ¿no deberíamos de imitar la magia de los niños, y sacar nuestro niño al exterior? Ser espontáneo. Echar a volar la imaginación. Preguntar el por qué de las cosas. Inventar historias. Explorar.

Todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan).

El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

¿Cuántas veces has sonreído hoy? ¿Y reído a carcajadas? ¿Cuándo fue la ultima vez que bailaste y cantaste dejándote llevar? ¿No crees que saltar en la cama, en los charcos, gritar a pleno pulmón, o correr desnudo sería muy liberador y desestresante? Sin embargo, estas cosas no se nos pasan por la cabeza a los adultos, y a veces tampoco se las permitimos a nuestros hijos.

Así que la próxima vez que tengas la oportunidad de ser niño otra vez, no la desaproveches, porque ese también eres tú.

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